Hace cuarenta años, las grandes empresas alemanas, francesas y nórdicas miraron hacia el sur y vieron una oportunidad. España acababa de entrar en la Comunidad Europea, los costes eran competitivos y el acceso al mercado único estaba garantizado. Volkswagen se quedó con SEAT. Ford eligió Valencia para fabricar coches que exportaría al resto del continente. La industria química, aeroespacial y de componentes de automoción echó raíces en un país que, en pocos años, pasó de ser receptor de capital barato a ser una plataforma exportadora integrada en las cadenas de valor europeas.
Ese primer ciclo duró hasta que la ampliación de la UE hacia el Este ofreció alternativas más baratas. Polonia, Hungría, la República Checa absorbieron buena parte de la inversión manufacturera que antes venía a España. Era lógica pura de costes, y España lo encajó con más resiliencia de lo que se reconoce: durante esos años construyó infraestructuras logísticas y portuarias de primer nivel, consolidó su industria de componentes, desarrolló capacidad renovable y formó ingenieros.
Hoy esa inversión silenciosa tiene retorno.
Tres sacudidas han cambiado el cálculo de localización industrial en Europa: la pandemia dejó al descubierto la fragilidad de las cadenas de suministro largas, la crisis energética de 2022 encareció dramáticamente la producción en el centro y norte del continente, y la inestabilidad geopolítica ha puesto en cuestión la dependencia de proveedores lejanos. El resultado es que Europa busca producir más cerca, con más control y con energía más predecible.
España cumple esas condiciones mejor que la mayoría. Su electricidad es cada vez más limpia y más barata, gracias a una matriz renovable que lleva años creciendo. Su posición geográfica la convierte en puerta natural hacia el norte de África y América Latina, corredores de crecimiento relevantes para cualquier empresa con vocación exportadora. Y el tejido industrial heredado del primer ciclo —automoción, aeroespacial, química, logística— sigue ahí, maduro y con capacidad de absorber nueva inversión.
No todo son ventajas. La burocracia, la incertidumbre regulatoria y la falta de previsibilidad en algunos sectores han frenado proyectos que, sobre el papel, tenían destino español. La ventana existe, pero no es ilimitada.
Para las empresas que evalúan dónde instalar o ampliar capacidad productiva en Europa, España ofrece hoy algo que no siempre ha podido ofrecer: una combinación de estabilidad industrial, energía competitiva y acceso a mercados que va más allá del precio por hora trabajada. El primer ciclo lo construyó la historia. El segundo lo está construyendo la geografía, la energía y la urgencia europea por reducir dependencias.
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